martes, 5 de agosto de 2008

HISTORIAS


El pasado 13 de Julio, el periódico El Universal de Cartagena, sacó en sus suplementos, en la sección "Facetas" la historia de jóvenes que relatan su historia de ser Gays en esta ciudad.
Para mi, es de mucho orgullo que en medios de comunicación local se den estos temas de interés; que se entere la comunidad cartagenera que ser Gays es tener los pantalones bien puestos por la cultura en la que vivimos.

Quiero compartir con tod@s nuestros visitantes esta historia real.
Sin más, aquí va:

"Las duras historias de los jóvenes gays"

“Ser homosexual es difícil, es enfrentarse al mundo. Lo más duro es soportar a diario las miradas inquisidoras y peor cuando pasamos delante de un grupo de guaches ignorantes que empiezan a gritarnos “chucha de tubo”, “mujé con bola”, “marica hijueputa y otras cosas horribles”, afirma Alexandra.

“En esos momentos quisiera tener poder para desaparecerlos o ser invisible para que no me hieran, pero la única alternativa es seguir caminando con mi frente en alto porque esto es lo que soy y nunca dejaré de serlo. Yo soy feliz así, uno no es culpable, uno nace con esto”, confiesa Franchesca Michael.

Aunque la Constitución de 1991 establece el derecho al libre desarrollo de la personalidad y en junio de 2007 el Congreso aprobó la ley que reconoce los derechos económicos y patrimoniales a las parejas del mismo sexo; los homosexuales en Cartagena se quejan de seguir soportando la homofobia de muchas personas.

“Lo más feo me pasó cerca de la casa en San José de los Campanos, con un vecino que amaneció borracho y cuando me vio salir de la casa a botar la basura me correteó con una pistola gritándome que él no gustaba de los gay. Me sentí terrible, mis padres y mis hermanos nunca me han reprochado por ser homosexual, además me considero un buen hijo que trabaja para su familia”, precisa Josefita.

“En Cartagena la gente no tiene cultura con los gay. Esta es una ciudad machista, pero con muchos hombres tapiñados, muchos están casados, pero les gusta tener contactos sexuales con los gay”, asevera Franchesca. Lo dicho por ella es apoyado por “Minerva”, uno de los travestis que venden sus servicios sexuales en distintas calles de la ciudad.

“A uno lo buscan hombres de todos los estratos, hay unos que pagan trescientos mil pesos, como a veces uno se engaña con las camionetas porque lo que llegan son choferes que quieren dar diez mil pesos por un blower (sexo oral). Al lugar de trabajo de nosotras llega de todo, blanquitos y negritos. Algunos desfuturados (sin plata) que quieren que uno los atienda por dos mil pesos o cinco mil pesos y otros muy futurosos. Hay unos que son bellos y cuando están con uno también se voltean”.

DISCRIMINACIÓN LABORAL

Los homosexuales en Cartagena son vulnerables a la burla, se sienten discriminados para conseguir trabajo y deben soportar el chantaje de los hombres.

Franchesca, Josefita y Alexandra son estilistas de reconocidos salones de belleza de la ciudad, y aunque les gusta su oficio les hubiera gustado emplearse en otras actividades, como jefe de cocina, contaduría o comunicación social.

“Es cierto que muchos homosexuales gozan de buenos cargos, pero es porque no imponen ante la sociedad sus preferencias, pero cuando uno elige vestirse femenino la discriminación es más notoria”, precisa Josefita.

“Muchos hombres se le acercan a uno para aprovecharse. Si notan que uno está interesado, y no tienen plata, no tienen jean, ó están endeudados, quieren que uno los ayude para ellos montar el negocio de sus vidas, en fin quieren quitarnos lo poquito que trabajamos”, precisa Franchesca.

“Yo espero que algún día Dios me bendiga con un hombre bueno”, recalca Josefita.

Ese hombre bueno, ya le llegó a Alexandra, pero nuevamente la intolerancia de la sociedad se ha opuesto a su libre desarrollo personal. Hace cuatro años conoció a un chico con el que ha sentido el verdadero amor, con él convivió el último año, pero hace 15 días tuvieron que separarse a causa de la oposición de su suegro.

“Al principio el papá aceptaba la relación, pero después como que las murmuraciones lo hicieron cambiar de parecer y empezó a poner muchos problemas. Al final yo me aparté porque no quiero que esté disgustado con su familia. He llorado muchísimo porque lo quiero y sé que él me quiere a mí”, precisa Alexandra.


LAS UNIONES Y DESUNIONES

La ley aprobada por el Congreso autoriza las afiliaciones a la seguridad social de las parejas de los homosexuales que coticen a sistemas de salud o pensiones y reconoce el derecho de heredar los bienes de sus compañeros o compañeras fallecidas.

“Esa ley es muy importante para que la gente se de cuenta que nosotros no somos ningunos extraterrestres. Somos personas que reímos, que nos enamoramos, que trabajamos y pagamos impuestos como todos los demás, que sentimos los agravios y que sufrimos el rechazo, que desafortunadamente empieza en el interior de nuestras propias familias”, dice Franchesca.

Las tres (Josefita, Franchesca y Alexandra) están de acuerdo con el reconocimiento de las parejas homosexuales porque piensan que la unión legal aumenta sus posibilidades de prosperidad y mejora su calidad de vida.

Son conscientes, que al interior de la comunidad homosexual cartagenera hay muchas diferencias que deben ser superadas para poder hacer valer sus derechos. “En nuestro medio hay mucha envidia y eso favorece a los homofóbicos. Si estuviéramos organizados, como la comunidad gay de Bogotá o Barranquilla, sería más fácil hacernos sentir”.

LA ADOPCIÓN

En el tema de las adopciones, las opiniones se dividen entre los propios homosexuales.

Los que no están de acuerdo, como Josefita y Alexandra aseveran que es muy complicado explicarle a un niño porque siendo hombre se visten de mujer.

“Una sociedad como la nuestra no está preparada para eso. Sería someter a un niño inocente a la burla de sus propios compañeros de colegio”, precisa Josefita.

Mientras que Franchesca la refuta afirmando que más vale un hogar homosexual donde reine el amor, que uno heterosexual donde prime la violencia.
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Las historias de sus vidas

FRANCHESCA

Tiene 27 años. Hace diez años se destapó o salió del closet, como se dice ahora. En una discusión su mamá le dijo que en la calle decían que él era marica y más por rabia, que por estar listo para confesarlo, él se lo confirmó.

“Me quité más que un peso de encima porque me estaba volviendo loco con esa doble vida que tenía que llevar. Yo quería vestirme de mujer, tener el pelo largo, maquillarme, pero no podía porque tenía miedo a la reacción de mi mamá y en efecto cuando le dije eso, me agarró a golpes, me partió un brazo y me echó de la casa. No preguntó, no entendió que cuando empecé a sentir atracción por los de mi mismo sexo, era un adolescente. Luché para no sentir eso, me recriminé a mí mismo, perdí el mismo año tres veces porque en mi cabeza no cabían más pensamientos, no me atreví a tener una relación homosexual hasta mucho después de irme de mi casa, por eso hoy me siento feliz, bien conmigo mismo, porque me acepté como soy y no tengo que ocultárselo a nadie”.

JOSEFITA

Tiene 23 años, pero antes de la mayoría de edad abandonó su pueblo natal, Sincé, (Sucre) para poder estar en libertad de expresarse al mundo.

“En la ciudad hay otro ambiente, en los pueblos no hay muchas ofertas de trabajo y me veía obligado a trabajar en casas de familia porque el monte no me gusta. Alguna vez me dijeron que mi mamá sufría por dentro debido a mi manera de ser y lo que la gente comentaba, pero nunca me he sentado hablar con mi familia sobre mi homosexualidad. Es una conversación a la que le he temido siempre. Además, ya no creo que haya necesidad porque sin decir una palabra, ellos me han aceptado como soy, cuando voy a mi casa no cambió ni mi manera de vestir, ni de hablar. La voz nunca la engrueso y mis facciones son muy finas, siempre soñé verme coronada como una reina”.

ALEXANDRA

25 años. Tenía 15 años cuando se fue de su casa para darle libre albedrío a su personalidad, se mudó para donde un amigo homosexual mayor que él, quien le enseñó el arte de la peluquería.

“Mis papás me aceptaron como soy, pero querían que yo vistiera como hombre, mientras yo quería vestirme de mujer. Salí adelante gracias a Dios y aprendí a darme a respetar porque hay mucha gente que lo quiere humillar a uno. Mis papás se mudaron a otro barrio y desde entonces nunca voy a visitarlos porque no quiero que la gente los haga sentir mal con las murmuraciones. A otro sitio que anhelo ir, sin que me miren mal, es a una iglesia. Nadie tiene derecho de juzgar a otro. Cuando he tenido dificultades me he arrodillado a orar y he sentido que Dios me responde”.

MINERVA

Minerva es un travesti desparpajado, que se mueve hace años en el mundo turbio de la prostitución y aunque traté de ocultarlo, se le nota la soledad.

“Me dediqué a esto porque nunca tuve quien me diera un buen consejo. Mi papá lo único que hizo fue reprocharme y avergonzarse. Por ser tan pris pris quería que yo estudiara en un colegio pago, pero era una lucha para que me diera la plata de la mensualidad. Como no vivía conmigo, en décimo me matriculé en el Departamental y le dije que estaba estudiando en otra parte para quedarme con la plata, pero cuando se dio cuenta me quitó todo su apoyo. Lo más feliz que me ha pasado es dejar salir al verdadero yo y lo más difícil, no haberme tropezado nunca con alguien que se interesara en mí. Ya a estas alturas que me voy a casar ni que nada”.

1 comentario:

Comunidad Bucaramanga dijo...

Hola que tal... pues me encanto mucho este escrito, que la lucha contra la discriminacion no sea de ahora sino de siempre, lastima que se lastime la libertad de nuestros generos en cartagena y no sol oalal sino en todo el pais pero siempre que haya una persona dispuesta a luchar por su felicidad y siempre que haya una razon para luchar saldremos adelante y con tu ayuda mas facil sera ;).. es duro ser gay en Colombia pero vale la pena